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¿CÓMO SON LAS COSAS?

Manuel Espina - Psicoanalista miembro de Entre-dichos. Valladolid

No me voy a detener en el problema del diagnóstico psiquiátrico, sumamente especulativo a mi juicio de la locura de nuestro personaje.

Creo que no sería muy acertado, y pienso que sería desenfocar la escena general de la que forma parte, es decir el cuadro completo, que como Las Meninas de Velázquez, nos contempla, nos interpela, y nos incluye.

No hay locura sin referente y sin escucha. La locura se dice más que mostrarse.

El Quijote, es Novela Universal por la enorme carga simbólica que encierra, reflejo de la humanidad entera, y permanente desencuentro del ideal con la realidad.

Más allá de las maravillosas descripciones que puedan hacerse de la LOCURA ENTREVERADA, de la que nos habla D. Lorenzo de Miranda (hijo del caballero del Verde Gabán, D. Diego, en el cap. XVIII de la 2º), afirmando: “No le sacarán del borrador de su locura cuantos médicos y buenos escribanos tiene el mundo: él es un ENTREVERADO LOCO, llena de LÚCIDOS INTERVALOS”. (Al estilo de  la que ORLANDO FURIOSO DE ARIOSTO también padecía).

Quijote alterna los episodios de monomanía caballeresca, de carácter paranoico, con otros de cordura sabia y discreta. Loco atreguado… Cerebro seco, lunático inestable en los periodos de luna menguante…

Creo que su locura no es analizable en tanto en cuanto se trata de un artificio literario, una necesidad de Cervantes, que sí conocía muy bien las concepciones sobre la locura de su época. Cervantes necesita de un loco, de un trastornado, sujeto de la sinrazón, para lanzar su pensamiento, su queja, su deseo, su malestar y su disconformidad.

Solo a través de un loco le sería permitido expresarlo.

Dice Erasmo en El Elogio de la Locura refiriéndose a la relación del poder con la verdad: “….algunas palabras podrían costar la vida a un sabio, mientras que proferidas por un bufón resultan relajantes.”

Don Quijote es el primer personaje moderno que no se pliega a que su vida sea la continuación de lo anterior. Lo escrito previamente, costumbre y tradición. Y para eso desafía a la realidad escribiéndola como los libros de Caballerías dicen.

A lo largo de toda la primera parte de la novela, la locura de nuestro protagonista se ciñe muy bien a lo que Foucault nombra como “El héroe de lo mismo”, en el mundo de la “Soberanía de lo mismo”, el empeño de que la vida se adapte, se ciña a la ficción, punto por punto, en una translación exacta de la una a la otra. Un empeño de asemejar, de buscar reiteradamente la similitud, la identidad entre la realidad y el signo de los textos, tomado como ideal.

Quijote enfermó, según el propio Cervantes, por leer tantos libros de Caballerías. Y esto hay que tenerlo en cuenta.

El loco, dice Foucault, asegura la función del “homosemantismo” en contraposición al poeta, abriéndose Entre ellos el espacio de un saber entre la identificación y la diferencia.

Don Quijote en su esfuerzo de repetición homosemántica, un verdadero  forzamiento, que acaba por borrar el signo, que perdiendo su valor le deja suspendido en el centro del abismo de la contingencia que él se encargará permanentemente de significar.

Y es que una de las particularidades de este loco entreverado es la permanente repetición, pero rechazando siempre la  diferencia que le es propia en esa inexacta circularidad  que constituye la repetición en sí misma.

Don Quijote  se ofusca en la negación de  la existencia de esta doble diferencia, que es la misma, y lucha contra ellas.

De una parte la no identidad del significante consigo mismo, y de otra,  precisamente aquello que la hace tan valiosa, que la dota de sentido y existencia, y que consiste en que nunca se repite de la misma manera.

No hay igualdad en la repetición, de la misma manera que no la hay en el fracaso. Nunca se fracasa igual.

Hay repetición, pero nunca hay repetición de la repetición. De la misma manera que no hay Otro del Otro, ni lenguaje del lenguaje.

Los molinos de viento han de ser gigantes, y las ovejas han de ser guerreros. Don Quijote se niega a  la diferencia, al deslizamiento metafórico y en consecuencia a la falta.

Y es que lo que verdaderamente importa de la repetición, lo que interesa de la repetición, que por cierto siempre es de lo traumático, es precisamente la diferencia.

Deleuze, en su texto Diferencia y Repetición  concreta más esta cuestión para decir que la diferencia lo es “sin concepto” seguramente haciendo mención al encuentro siempre malogrado con lo Real que encierra lo traumático, redundado con ello en lo ya dicho respecto a la no identidad del significante consigo mismo, para finalizar apostando por lo que define como “Diferencia Absoluta”.

La palabra absoluto viene del latín absolutus, absolvere, formada con la palabra solutus (suelto) compuesta con la raíz del verbo solvere (soltar), como en solver, disolver y resolver. Soltar, liberar, dividir, desembarazarse de.., desprender, desprenderse… y a lo que apunta Deleuze con ese calificativo de DIFERENCIA ABSOLUTA es, precisamente, a ese desprendimiento que ha de producirse, y que no es  otra cosa que el desprendimiento del objeto a, objeto lacaniano causa del deseo, permitiendo al sujeto pasar de la DEMANDA DE AMOR al DESEO DE AMAR, y así no quedar prendido, PERDIDO, para siempre en la Demanda de Amor, dual, sin deseo, mortífera, aparente, del “homosemantismo.”

La repetición, en el decir de Deleuze lo es siempre de la diferencia, y la diferencia lo es siempre sin concepto, carente de sentido, imposible de significar. Según Ferrater Mora, tomado de Hegel ”la ausencia de sentido remite a la no existencia de mediación entre el ser y el devenir.”

Tal vez podríamos decir lo mismo de lo que media entre la literalidad del texto  y la realidad, que no deben tocarse nunca.

Voy a dos ideas que desarrolla Agustín García Calvo en La razón de la sinrazón de Don Quijote  (Universidad de Sevilla. Abril de 1959), y que me parece oportuno recoger.

La primera hace referencia a unos versos de Sófocles, al que se refiere como el más cuerdo y sereno poeta de todos los tiempos, que dice (en esta ocasiones es cuando lamento no saber griego): “…de gran falta de juicio es también, lanzarse a cazar cosas vacías, imposibles”  afirmando García Calvo, que lo que entiende por Anoia en el verso de Sófocles. La anoia de D. Quijote es ese eje de su pensamiento desde el que pretendía  cazar los imposibles, las cosas vacías.

Y esta cuestión me hace reflexionar y me lleva a plantearme si, tal vez, Don Quijote, el de la anoia de Sófocles no estaría negando la diferencia propia de la repetición sino, más bien, instalándose justamente en ella, suspendido en el centro de esa diferencia, en lo que anteriormente llamé el “abismo de la contingencia”, en ese significante aconceptual, en el centro de lo traumático de la repetición melancólica.

En ese impasse cerrado de la repetición del deseo del melancólico.  Continuadamente instalado en lo Real traumático.

Don Quijote, vive para demostrar los textos, la letra, y aun a pesar de hacerse trampas, con la utilización de los encantadores, no consigue desmarcarse del fracaso que impone necesariamente para él la diferencia.

Fracaso por exceso o por defecto. Por sobredosis o por abstinencia, cegado por la fuerza de la luz o ciego

No logra ser el “héroe de lo mismo”, porque lo mismo no existe salvo en la locura y tal vez Don Quijote no esté loco. Es como el gato de Schrödinger, que está vivo y muerto a la vez.  En este caso  loco y cuerdo a un tiempo.

Es maravilloso ver cómo Cervantes recurre a esta experiencia cuasi cómica del disparate quijotesco, del terco loco entreverado, para  exponer su respeto por las diferencias, y negarse a admitir el universo univoco y cerrado que entonces se ofrecía.

Recurre a lo uno para acercarse a lo opuesto.

Quijote fracasa como loco. No tiene ni la certeza ni la fijeza suficiente para sostener su propósito.

El entreveramiento de su locura, se muestra alternativamente en cada ocasión en que se empeña en superponer la ficción a la vida, el signo a la realidad, tratando de forzarlas  para acabar confundiéndolas;  y deja de estar loco cuando se muestra capaz de separarlas, cuando separa la vida de la ficción, cuando se aleja del “homosemantismo” foucaultiano, para admitir la diferencia. Siempre, desde un principio, en esos  momentos en los que no parece poder afirmar “Yo sé quién soy” taxativamente, añadiendo  “…aunque también puedo ser muchas cosas más”.

Don Quijote se empeña en ser lo que quiere ser a costa de lo que sea.

Este es el continuo juego del loco cuerdo, del “loco que tira de un cuerdo,” como afirma Don Diego Miranda (en el XVIII, de la 2º parte). Lo que diferencia a aquel que arremete ciego contra los molinos de viento, del que es “capaz de los razonamientos más finos y respetuosos que pudiera haber.”

En muchas ocasiones separa, y en otras muchas, curiosamente tal vez las menos en el trascurso de la novela, superpone la ficción y la vida.

Tapona, incluso haciendo trampas, la diferencia. Ese saber que se abre entre las dos, ese radical ENTRE  la locura homosemántica y la poesía básicamente metafórica.

Las cosas serán muy distintas en la 2ª Parte. Don Quijote es ya es un personaje más allá de la ficción y de la semejanza, y acepta ser reconocido en las huellas dejadas tras las aventuras vividas en la primera parte.

Mientras en la primera parte interpreta la realidad en la literalidad de su quimera, en la segunda parte, se muestra más pasivo frente a la realidad, interpretándola con más sosiego. Más reflexivo sobre el sentido de la vida va adentrándose a través de una cierta tristeza en el territorio de la melancolía.

ENTRE las dos partes, Don Quijote ha tomado su realidad, dice Foucault en el texto citado anteriormente. Y continúa: “ la verdad de Don Quijote no está en la relación de las palabras con el mundo, sino en esta tenue y constante relación que las marcas verbales tejen entre ellas mismas.”

Encuentro una cita de Luis Rosales en Cervantes y la libertad (1960) ”Cervantes parece indicar que es necesario arriesgarse a vivir, es necesario atreverse a fracasar. No es que se trate de buscar  directamente el fracaso, sino de aceptar que la vida querámoslo o no, se va edificando sobre restos”.

Sabe de la existencia de la novela y se sabe ya personaje de la misma. Lo que de un lado le obliga a comportarse tal como se le reconoce, por similitud a los signos, y de otra parte le distancia del personaje, porque ya no puede ser  idéntico a sí mismo.

Acepta la diferencia que supone y con ello acepta la falta constituyente.

Loco entreverado, loco cuerdo, según el modelo del argivo loco que recoge Erasmo traído de Cicerón y de Herodoto. Todos ELLOS reivindican la bondad de admitir un quantum de locura en la vida de cada quien para acercarse a la felicidad, y también al sufrimiento que comporta.

Don Quijote al final, tratando de negar la diferencia, la afirma  reivindicando la subjetividad y la apertura plurívoca del significante.

Cervantes se aprovecha del empeño Quijotesco para reivindicar el derecho de cada uno a hacer una lectura diferente de la realidad.

De nadie y de todos son la razón y la locura, la razón y la sinrazón. Aunque él persista en este empeño tan estúpido de lo humano de querer tener razón.

PASIÓN DE LO IMAGINARIO, dirá Lacan, propia de la constitución paranoica del Yo, e inserta en la dialéctica del narcisismo.

Loco es quien se adhiere a su yo, elidiendo la función del Otro.  Estar loco es creer en el yo.

Si “uno cree que es uno”, SIN FISURAS… está loco.

Pero Don Quijote no creía en sí mismo sin fisuras. Siempre las admitió en su entreveramiento.

“Yo sé quién soy (…) y sé qué puedo ser…., afirma en el Cap. (1º parte)

“Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundoLe responde a la duquesa en el Cap.32-33 (2º Parte)

Mas la grave locura de D. Quijote, consiste en negarse a ver las cosas como son, y en empeñarse en suplantar, en superponer  como ya hemos dicho la vida a la ficción, cortocircuitando la mediación simbólica del Otro, cerrando esa diferencia a la que antes aludíamos, ese ENTRE  imperceptible que hay entre el despertar y el sueño, entre la vigilia y la ensoñación.  Que dota a la realidad de coherencia.

¿Esto es un delirio?

Solo la ficción puede ser coherente

EL fracaso de la locura de  Don Quijote hay que verlo como metáfora cervantina del engaño social, como indicación directa de la distancia entre lo dicho y del decir, y por lo tanto de negar la existencia de una realidad común, estereotipada, impuesta… afirmando de alguna forma la existencia del Inconsciente, los juegos de la metáfora y de la metonimia, del deseo y de la significación.

El tiempo es un concepto, dice mi amigo Gonzalo, y la realidad también lo es. Este es el sentido de la locura del Don Quijote. La afirmación de esta tesis.

La locura, es cosa de psiquiatras,  y en esto poco hemos avanzado desde el S XVII. Sigue entendiéndose como un problema de control social, de miedo y de defensa de un orden establecido, que a  Cervantes no parecía gustarle.

Los paradigmas pueden cambiar pero lo que no cambia es la relación que mantienen con el poder.

La psiquiatría no escucha. Diagnostica, controla, domestica, y la neutraliza la locura con su saber ya escrito, anterior, previo. Y esto junto a un absurdo furor sanandi acaba dejando sin respiro  a la sinrazón.

Resulta incómoda la locura y su “sinsentido”, en este caso el “sinsentido” de la verdad al descubierto, el sinsentido del inconsciente.

Impertinente es suturar, cerrar, taponar, obturar, impedir, censurar, atrampar, atascar, cegar… las palabras del loco o sus silencios.

Impertinente también es tratar de comprender, necesitar curar con esa buena intención de hacer inocua la locura.

Esto decía pretender el Bachiller Sansón Carrasco, caballero de la Blanca Luna, como un buen psiquiatra con su furor sanandi.

Tomás Rodaja, licenciado vidriera, y aquel ciudadano de Argos enamorado del teatro… acabaron muriendo o desdichados victimas del furor sanandi de los Carrascos, de los barberos y de los curas.

La locura es fisura de la razón impuesta y cuestionamiento y amenaza para la lectura única que el poder impone a su mayor gloria.

Don Quijote recorre su aventura para apuntalar el fracaso de su empeño loco de que las cosas y la escritura sean la misma cuestión. , y se derrumba una y otra vez frente al fracaso que supone la lógica  univoca que se empeña en sostener. Y fracasa y fracasa y vuelve a fracasar, eso sí cada vez mejor.

Hace un esfuerzo sobrehumano para negarse a ver LAS COSAS COMO SON y se esconde tras los libros de caballerías como única estrategia posible a su propósito.

Es loco por no querer ser cuerdo y se niega a acomodarse a la visión habitual que se pretende de las cosas, como dice García Calvo.

Quizás  la cuestión sea despertar para seguir soñando, SUEÑO Y VIGILIA, locura y cordura, caras de la misma estructura significante. Pero siempre hay ese ENTRE del despertar, del duermevela, del olvido y  de la elaboración, de la inadecuación del sueño a la conveniencia del signo.

Don Quijote afirmaba: “mi dormir siempre velar”.

Pertinente es Escuchar, como lo hizo Sancho.

 

Manuel Espina

Valladolid Noviembre 2019

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