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El psicoanálisis en tiempos de intemperie. La presencia del analista.

Antes del confinamiento, la cuestión de la presencia del psicoanalista en la cura no era algo que muchos de nosotros nos planteásemos. El que los analizantes no quisieran ir a la consulta por temor a los virus o a las multas es algo que se nos ha presentado  de manera excepcional.

Sin embargo, aquellos de nosotros que no practicábamos el “análisis on- line” nos hemos visto confrontados, en esta inesperada situación, a la cuestión de saber si la presencia del analista era esencial o no para una cura psicoanalítica y más aún, a la de qué entendemos por presencia.

Ciertos analistas defienden el “análisis on-line” incluso en tiempos de normalidad, no encontrando en ello más que pequeñas diferencias que, a su parecer,  no impedirían el trabajo analítico.

¿Qué enseñanza podemos sacar de esta experiencia en que nuestra posición de analista se  ha visto  sacudida, desestabilizada  desplazada…? Este  ha sido un tiempo que nos ha permitido  enfrentarnos a nuevas preguntas.

Hemos constatado que muchos analistas aceptaron, de entrada, las normas generales del confinamiento sin plantearse demasiadas cuestiones. ¿Nuestra responsabilidad en tanto que analistas va dirigida principalmente hacia la salud pública o más bien hacia nuestros analizantes? ¿Manteniéndonos confinados no habremos cedido sobre nuestro deseo?

La posibilidad de una cierta dimisión de nuestra posición en esta situación enlaza con ciertas preguntas ya planteadas en el Manifiesto por el psicoanálisis (Manifeste pour la psychanalyse;  Editions, La fabrique, Paris 2010 y Manifiesto por el psicoanálisis; Madrid 2013) No solo ha habido una serie de circunstancias adversas provenientes del exterior, sino también un cuestionamiento de nuestra posición de analistas.

Sabemos, por otra parte, que un estatuto del psicoanalista reconocido por el estado no es posible  y  que  la defensa de  nuestro compromiso hacia los analizantes  depende solo de nosotros mismos.

¿Cómo mantener una ventana abierta al campo de la palabra, de la escucha, proponiendo nuestra presencia a los analizantes y, al mismo tiempo, respetar ciertas normas impuestas para protegernos del virus?

¿Al no proponerles mantener el trabajo presencial no estaríamos considerando nuestra actividad como secundaria, en relación a otras actividades profesionales así llamadas  esenciales y para las que se permitía el libre desplazamiento de las personas a su lugar de trabajo?

¿Qué es lo que hemos podido aprender nosotros, los analistas, de nuestros analizantes?

Algunos analizantes repetían durante las sesiones telefónicas: “¿Me oye Vd.? ¿está Vd. ahí? ¡ah! creí que no me oía…” El silencio del analista es percibido como ausencia, o bien pasa desapercibido, escondido, tras un problema técnico. Los analizantes piden activamente signos de la presencia del analista, cosa que no sucedía en las sesiones presenciales. Eso puede condicionar al analista hasta el punto de hacerse demasiado presente con intervenciones intrusivas. Del mismo modo puede resultar fácil deslizarse hacia una relación amistosa, perdiendo así nuestro lugar, como cuando uno se sorprende colgando el teléfono con un ciao, ciao…

“El espacio se me hace raro,” decían algunos, “ya me acostumbraré, pero la siento tan lejos…” A otro, el hablar desde su casa le resultaba una intromisión en su vida cotidiana, en su intimidad… y ¿en la del analista también? Algunos se tendían sobre un diván “es para recrear su consulta, así asocio más fácilmente…”

Los analizantes nos enseñan.

Otros echaban de menos el tiempo en la sala de espera o el del desplazamiento para llegar a su sesión, “un tiempo en el que te vienen imágenes, frases, los sueños de la semana… por teléfono no es lo mismo.” “El tiempo entre sesiones no es el mismo que entre sesiones por teléfono.”

Este encuentro entre espacio, tiempo y presencia -dimensiones que forman parte de la escena analítica-, permite, ante una nueva sesión, volver a anudar, encadenar con las sesiones anteriores.

Entrar/salir, presencia/ausencia, pagar en mano/pagar por transferencia… son aspectos en juego en este “recibir en cuerpo” -significante utilizado por Marguerite Charreau[1]-,  en los  que resuena esta presencia del analista.

La presencia “en cuerpo” del analista en una sesión no es del mismo orden que la presencia en una pantalla.

No sería necesario, incluso, referirnos a la relación analizante/analista para constatar la diferencia en juego entre una relación por internet y una relación entre dos personas en presencia una de la otra.

¿Qué entendemos por presencia? ¿Por cuerpo? Freud y Lacan utilizaron a su vez estas palabras, aunque no siempre en el mismo sentido.

 

Consultemos los diccionarios[2]:

1 – Presencia:

  • Estado de la persona que se halla delante de otra u otras o en el mismo sitio que ellas.
  • Hecho para alguien, algo que se encuentra físicamente, materialmente, en un lugar determinado. Por oposición a ausencia.

2 – De cuerpo presente:

  • Dicho de un cadáver: expuesto y preparado para ser llevado al enterramiento o al crematorio. (Esta acepción implica algo de detenido, de estático, de inamovible. ¿Del orden de lo real?)
  • Persona viva que está realmente presente y no por medio de un representante u otra forma cualquiera.

3 – Presencial:

  • Se dice de la enseñanza a la que se debe asistir de manera presente y no a distancia.

 

Entendemos por presencia una presencia encarnada. En español este término incluye la palabra carne, aunque se pueda hablar de otras formas de presencia. De la misma manera encontramos la expresión de carne y hueso y la de dímelo a la cara. Presencia, por tanto, encarnada en una persona, presencia que va más allá de lo visual o del significante.

El cuerpo es una noción problemática. ¿De qué cuerpo se trata para el psicoanálisis? Lacan señalaba “el sentido confuso que conserva para nosotros el término cuerpo.[3] Desde muy pronto fue consciente del prejuicio organicista a que podían sucumbir los psicoanalistas, y a lo largo de toda su enseñanza fue elaborando y analizando las distintas dimensiones del cuerpo: cuerpo simbólico, cuerpo imaginario, cuerpo real, que dan cuenta del parlêtre. Hoy no vamos a recorrer dicha elaboración -no es la finalidad de este artículo-, pero señalaremos algunos puntos del la andadura de Freud y de la de Lacan en que hablan de presencia y de cuerpo.

Freud, en primer lugar, es quien señala que, cuando se detienen las asociaciones libres de un paciente, podemos estar seguros de que se encuentra bajo la ocurrencia sobre la persona del médico. Esto nos muestra cómo la persona del analista, su presencia, hace de límite al campo del Otro, y el paciente interrumpe sus asociaciones. Como el paciente que hablando de las sesiones telefónicas decía: “es muy cómodo, se pierde menos tiempo… su presencia a veces me incomoda, me corta la palabra.”

Una vez más, Freud: “Nadie puede ser vencido in absentia o in effigie.[4] ¿Vencer qué? Vencer a la satisfacción muda de la pulsión que se sustrae a la demanda.

Siguiendo a Lacan, si la pulsión anuda el decir al cuerpo, es “el eco del decir en el cuerpo,” para que el decir resuene, es necesaria la presencia, y esa presencia no se reduce a la de la imagen en una pantalla o a una voz en el teléfono.

¿Se trata de la misma resonancia la de la voz sostenida por una imagen y la de la presencia del Otro encarnada en una persona? Porque hay un lazo entre el Otro del significante y la presencia del psicoanalista, presencia  indispensable, apoyo del circuito de la pulsión. La presencia del analista implica “la puesta en acto de la realidad del inconsciente,” y convoca al objeto a.

En el seminario XIX, …ou pire[5], nos dice Lacan: “Cuando alguien viene a verme a mi consulta por primera vez, y mientras resuelvo nuestra entrada en materia con algunas entrevistas preliminares, lo importante es la confrontación de los cuerpos. Precisamente, porque esto arranca de ese encuentro de cuerpos, ya no será cuestión de ello a partir del momento en que se entre en el discurso analítico.”

¿Cómo entender esta “confrontación de cuerpos[6]”?

Según el diccionario Larrousse:

  • Poner a dos personas en presencia para comparar, para verificar sus dichos.
  • Comparar dos cosas para encontrar sus semejanzas o sus diferencias.

La confrontación de cuerpos, ese cuerpo a cuerpo, es el primer encuentro entre paciente/analista, pero son cuerpos “todavía no atrapados por el discurso analítico.” A lo largo de las entrevistas preliminares se irá formando una pregunta: ¿qué tengo yo que ver con el malestar que me aqueja?, y  una demanda dirigida al analista. “Desde que  hay en alguna parte sujeto supuesto saber, hay transferencia.” Es la puesta en marcha del análisis, y Lacan nos recuerda que “El analista tiene ese lugar en tanto que es objeto de transferencia. La experiencia nos enseña que el sujeto cuando entra en análisis, está lejos de otorgarle ese lugar.[7]

Entonces, “una vez puesto en marcha el discurso analítico,” una vez ya sobre el diván, digamos,será cuando esos cuerpos estén tomados y envueltos por la palabra y esta confrontación dejará de ser necesaria, “el discurso habrá logrado atrapar a los cuerpos,” aunque eso no implicaría que la presencia del analista, la presencia en-cuerpo, no siga siendo una condición para el trabajo analitico.

En Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis Lacan nos recuerda que la presencia del analista no puede separarse del concepto de inconsciente: “ella misma es la manifestación del inconsciente.”

Y aún más, “no basta con que el analista soporte la función de Tiresias. Es preciso también que, como dice Apollinaire, tenga tetas[8]” Su presencia está ligada a una insatisfacción por la que el objeto del deseo pasará a ser, en la elaboración posterior de Lacan, objeto causa. El analista es sujeto supuesto saber y presencia.

En El deseo y su interpretación[9] Lacan se pregunta cuál es la función del actor, haciendo un paralelismo con la del analista que,  como el actor,  presta sus miembros y su presencia, no solamente como una marioneta sino con su inconsciente.

Lacan dirá más adelante que el analista se hace semblante del objeto a, pero eso no es posible sin la presencia en-cuerpo del analista, que presta su presencia al semblante. El analista es el tenant lieu[10] del objeto, pero no se identifica con el objeto a, él pone de lo suyo.

Este recorrido, aunque bastante limitado, nos permite  sostener nuestra posición: que la presencia del analista es condición del análisis. Eso no quiere decir que un trabajo on-line no pueda obtener efectos terapéuticos ni que las nuevas tecnologías no sean una herramienta preciosa, en momentos particulares, para sostener y acompañar a analizantes en su sufrimiento. Pero un psicoanálisis, como nos indica el Manifiesto por el psicoanálisis,  no se reduce a su aspecto “terapéutico,” hay un más allá. Estemos, pues, advertidos de esta posible deriva hacia una psicologización del psicoanálisis.

 

Cristina Fontana
Madrid, junio de 2020

 

[1] Artículo publicado en la pestaña de “Actualidades” de la página web de L’instance lacanienne.

[2] Diccionario de la lengua española. RAE, Madrid, 1992.

[3] Lacan, J.; La logique du fantasme; Inédito; (Transcripción de Roussan; Paris, 2017.)

[4] Freud, S.; La dinámica de la transferencia; 1912;  O.C. Biblioteca Nueva. Tomo V; pág. 1.653. Madrid, 1972; traducción de López-Ballesteros., L.

[5] Lacan, J.; …ou pire; Seuil; Paris, 1973; pág. 228.

[6] En francés, confrontation des corps.

[7] Lacan, J.; Les quatre concepts fondamentaux de la psychanalyse; Seuil; Paris, 1973; pág. 210.

[8] Ibid.; pág. 243.

[9] Lacan, J.; Le désir et son interprétation; Éditions de la Martinière; Paris,  junio 2013.

[10] Tenir lieu: hacer las veces de, servir de.

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