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Doncellas de a catorce a quince años

“-¿Que tengo de ser tan desdichado andante, que no ha de haber doncella que me mire que de mí no se enamore…? ¿Que tenga de ser tan corta de ventura la sin par Dulcinea del Toboso, que no la han de dejar gozar a solas de la incomparable firmeza mía…? ¿Qué la queréis, reinas? ¿A qué la perseguís, emperatrices? ¿Para qué la acosáis, doncellas de a catorce a quince años?” (II-44)

Así se lamenta de su suerte don Quijote, tras la reja desde donde escucha la canción con que Altisidora le declara su fingido amor.

Cervantes construyó el personaje de un particular loco que, además de los rasgos fisionómicos que según la ciencia de su tiempo le correspondían, contaba con algunos rasgos psíquicos que, tanto entonces como ahora, reconocemos como propios de la locura, como son las ideas y las interpretaciones delirantes.

Se ha hablado de megalomanía -el declararse caballero andante, el anteponer el “don” a su nuevo nombre, la misión redentora…-, y de un delirio de persecución, encarnado en los encantadores, pero, ¿cómo no reconocer, en las palabras que acabo de leeros, ese punto de erotomanía de que nos habla Lacan en el Seminario de Las psicosis[1]?

La erotomanía, como bien sabéis, a diferencia de lo que suele entenderse en el lenguaje común, no consiste, para la psicopatología, en enamorarse a diestro y siniestro, sino en la convicción, incorregible por medio del razonamiento lógico, de ser amado por alguien; en este caso, por “todas las doncellas que le miran”, y ante ese acoso, ya veremos cómo la invención de Dulcinea resulta ser una solución ingeniosa y psíquicamente económica. Gracias a ella, don Quijote se puede mantener alejado de cualquier tentación de amor o de deseo; su mundo libidinal se centrará en Dulcinea.

Siguiendo el relato de Cervantes, voy a tratar de ver qué es lo que le sucede al caballero cuando falla el “efecto Dulcinea;” voy a intentar comprobar si esta hipótesis que planteo se sostiene a lo largo de la narración.

Habiendo marchado Sancho a su gobierno de la ínsula Barataria, don Quijote, dice el narrador, “sintió su soledad[2] (…)” La duquesa lo nota y le ofrece a sus doncellas para servirle en ausencia de Sancho, él no lo acepta, y ante la insistencia de ella, responde: “Déjeme (…) que yo ponga una muralla en medio de mis deseos y de mi honestidad (…) antes dormiré vestido que consentir que nadie me desnude.” La duquesa entonces alaba a Dulcinea “pues mereció ser amada  de tan valiente y tan honesto caballero…” (II-44)

Trae luego Cervantes el episodio de Altisidora de que ya hemos hablado; ella canta la canción en que declara sus deseos, y él se lamenta, dice para entre sí lo que ya os he leído, y responde a Altisidora cerrando “de golpe la ventana y despechado y pesaroso como si le hubiera acontecido alguna gran desgracia…” (II-44)

Al día siguiente,  y siendo como como era hombre bonancible, compondrá una canción para Altisidora donde le recomienda hacer encaje de bolillos para que se le pase el dolor del desengaño. Pero, como la crueldad de los duques y sus criados le  causará el doloroso gateamiento,  don Quijote se va a ver obligado a mantenerse recluido unos cuantos días en su habitación; y entonces -dice Cide Hamete-, una noche en que estaba don Quijote “despierto y desvelado, pensando en sus desgracias y en el perseguimiento de Altisidora, sintió que con una llave abrían la puerta de su aposento, y luego imaginó que la enamorada doncella venía para sobresaltar su honestidad y ponerle en condición de faltarle a la fe que guardar debía a su señora Dulcinea del Toboso” (…) “Púsose [entonces] en pie sobre la cama, envuelto de arriba abajo en una colcha de raso amarillo, una galocha[3] en la cabeza, y el rostro y los bigotes vendados, porque no se le desmayasen y cayesen…” Entra doña Rodríguez, se asusta al verle así, con su colcha y sus vendas, da un respingo y se le apaga la vela, pero don Quijote reacciona y habla con ella, la tranquiliza y le dice que vaya a por luz. Ella se va y, mientras tanto, don Quijote “se arrojó del lecho, con intención de cerrar la puerta y  no dejar entrar a la señora Rodríguez”  pero no le da tiempo y cuando ya vuelve ella es cuando se da el siguiente diálogo:

  • DR: -¿Estamos seguras, señor caballero? Porque no tengo a muy honesta señal haberse vuesa merced levantado de su lecho.
  • -Eso mesmo es bien que yo pregunte, señora –respondió don Quijote-; y así, pregunto si estaré yo seguro de ser acometido y forzado.
  • -¿De quién o a quién pedís, señor cabalero, esa seguridad? –respondió la dueña.
  • – A vos y de vos la pido –replicó don Quijote-; porque ni yo soy de mármol ni vos de bronce, ni ahora son las diez de día… (II-48)

Esta posición de objeto de deseo, más femenina que masculina, en que Cervantes coloca a su protagonista, aunque se preste a risa,- tanto que como nos recordó Jean Raymond Fanlo hasta el propio Cide Hamete “abre un paréntesis y dice que por Mahoma, que diera por ver así ir a los dos asidos y trabados desde la puerta al lecho, la mejor almalafa[4] de dos que tenía”, (II-48) esta posición, digo, va muy de la mano de la erotomanía y es a lo que Lacan denomina el “empuje-hacia-la-mujer[5]” en las psicosis. Don Quijote, cada vez que Dulcinea es cuestionada  o que otra mujer entra en competencia con ella, sean burlas o sean veras, se siente perseguido por el amor de ellas. El delirio de caballerías, del que forma parte la “dama” Dulcinea, es entonces la vía psíquica encaminada a resolver esa situación de persecución.

El mundo del delirio es aquel en que viven los caballeros y las doncellas “de aquellas que andaban con sus azotes y palafrenes, y con toda su virginidad a cuestas, de monte en monte y de valle en valle; que si no era que algún follón, o algún villano de hacha y capellina, o algún descomunal gigante las forzaba, doncella hubo en los pasados tiempos que, al cabo de ochenta años, que en todos ellos no durmió un solo día debajo de tejado, y se fue tan entera a la sepultura como la madre que la había parido.” (I-9) Un mundo en el que la sexualidad es abstinencia y en el que el deseo ni existe ni duele. Un mundo en el que hay un camino trazado que te dice cómo has de vivir.

A la creación de esa nueva identidad caballeresca por parte de don Quijote, Dulcinea incluida, podríamos quizá calificarla como sublimación, -al modo de la relación entre el caballero y la dama en el amor cortés-, pero, si lo vemos como un delirio, formaría parte, más bien, de una metáfora delirante que vendría a sostener a la metáfora paterna desfalleciente y, en ese caso, Dulcinea, como suplencia del Nombre-del-Padre faltante, sería un objeto imaginario; aunque de las dos maneras que la miremos, Dulcinea cumpliría la función de crear un vacío y una separación.

Como ya hemos visto, gracias a ella, don Quijote se mantiene  alejado de cualquier tentación de amor o de deseo; su mundo se centra en Dulcinea, alrededor de la cual circulan caballeros, soldados, villanos, damas, dueñas, doncellas y labradoras. Los unos son enviados a ella por don Quijote como testimonio del valor de su brazo y de la firmeza de su amor; mientras que las otras,  en la distancia, resultarían desvaídas en la comparación con la incomparable, la sin par, Dulcinea del Toboso.

En contraposición a Dulcinea, que es un nombre y un vacío, aparece, a lo largo de los dos tomos del Quijote, una enorme cantidad de personajes femeninos. Mujeres que, aunque quedan en segundo plano tras de los hechos de los protagonistas, resultan  muy interesantes para un análisis más detallado. Sin embargo, hoy me contentaré con describirlas someramente. Veremos que van desde personajes mitológicos,  históricos o propios de las novelas de caballerías,  como Urganda la desconocida, Helena de Troya,  la reina Ginebra… hasta las que ocupan el escalón más bajo en la sociedad, como son  las mozas del partido que encuentra don Quijote en la venta. Entre estos dos extremos, encontramos un enorme abanico de mujeres de carne y hueso, todas con sus historias y con sus contradicciones; y veremos que en todas ellas se detiene la mirada de Cervantes y que con todas ellas habla don Quijote.

Unas, como el ama, la sobrina, la mujer del Caballero del Verde Gabán,  la ventera incluso… cuidan de él, le regalan, y pretenden llevarle –por su bien-, por el camino de la sensatez y las virtudes domésticas, aunque ni acogen su delirio ni aceptan en modo alguno su nueva forma de vida. Estas sí le consideran loco pero, sin embargo,  a él no le resultan peligrosas. Las llama hijas, o bobas mías…

Otras serían dueñas y doncellas menesterosas, es decir, las que o bien  creen en el delirio de don Quijote, como doña Rodríguez y su hija, o bien le siguen la corriente como la princesa Micomicona/Dorotea, e incluso la propia duquesa por puro aburrimiento, pero que, en cualquier caso, necesitan algo de él como caballero andante.  Con ellas, una vez aclarado el marco de su relación, don Quijote está también tranquilo. No discuten el lugar preeminente de Dulcinea ni las caballerías de don Quijote. Todo el sistema delirante está preservado y el caballero puede mostrarse lúcido y discreto,  mucho más incluso que alguna de ellas.

Pero hay un tercer grupo de personajes que, al igual que le sucede a Cervantes con los locos, se nota que siempre le interesaron porque su campo de acción se extiende también a las Novelas Ejemplares y a otras obras suyas. Me refiero a esas “doncellas de a catorce a quince años” o incluso de dieciséis o alguno más, que habiendo vivido hasta entonces con el mayor recato y encierro, conocen por vez primera el amor, se lanzan a vivirlo con pasión, y topan con mil dificultades, decepciones y contratiempos.

En una sociedad en que la virginidad de la doncella era asunto que comprometía a toda la familia, en la que una joven deshonrada no tenía más lugar que la prostitución o el convento,  entiendo que esas doncellas estaban ante  todo un reto a su psiquismo teniendo que encontrar la manera de conjugar el deseo, desconocido hasta entonces, con la obligación moral hacia los padres y la familia; y decidir ante la disyuntiva de, o bien labrarse un futuro honroso y confortable por medio de un matrimonio conveniente, o bien tener que renunciar a la vida recluyéndose para siempre.

Hay que reconocer que casi todas ellas contaban, según Cervantes, con un arma poderosa: la hermosura. Para Huarte de San Juan[6] la proporción armónica entre las partes del cuerpo refleja una proporción equilibrada entre los humores y habla también de buenas cualidades morales, mientras que Cervantes por su parte, resalta  “la benevolencia y caridad que la hermosura”  infunde en el pecho de quienes la miran. Pero con todo y con eso,  veremos a estas doncellas descubriendo el amor y el deseo desde su ingenuidad de catorce años, y actuando en consecuencia, es decir, no inhibiéndose como podría esperarse de la educación recibida, sino respondiendo afirmativamente a quienes las requieren cuando están de acuerdo con ellos, yendo directamente en su busca, incluso,  si ellas también los desean, o defendiéndose por todos los medios a su alcance cuando no les parecen bien.

¿Y ellos, los personajes masculinos, qué hacen ante esas doncellas? Desearlas e intentar seducirlas, sin duda. ¿Y luego? Algunos, si no logran sus deseos, no pudiendo sufrir el desengaño amoroso se suicidan o se vuelven locos melancólicos o furiosos… Otros quieren ser consecuentes con su amor y casarse, pero encuentran distintos  inconvenientes para cumplir con su palabra de matrimonio;  otros más, tienen buena intención en un primer momento pero luego, habiendo conseguido gozar de lo que pretendían, se olvidan de sus promesas o encuentran otras cosas más interesantes que hacer. Pero Cervantes nos presenta también a algunos decididamente tramposos; a irresolutos, que prefieren salir corriendo;  y a celosos que las quieren mantener encerradas. Todos ellos son los que ponen a prueba la firmeza, la voluntad y la inteligencia de esas doncellas “de a catorce a quince años,” que se juegan la vida y la felicidad a una sola carta y siendo que, como nos dice Cervantes, “no hay mujer, por retirada que esté y recatada que sea, a  quien no le sobre el tiempo para poner en ejecución y efecto sus atropellados deseos.” (II-60) se ponen en marcha travestidas de  mancebo y van por esos caminos en busca del hombre a quien han entregado su virginidad para tratar de que cumpla su palabra y casarse con él,  o,  llegado el caso, para descerrajarle cuatro tiros por meras sospechas de deslealtad.

El lugar de encuentro entre hombres y mujeres es el cuerpo sexuado y el deseo, desde luego,  pero también lo es la palabra, el valor simbólico de una promesa.

Concluyendo, podemos pensar que si existe una cierta correspondencia en el mundo del delirio entre la doncella parodiada por Cervantes y el caballero andante,  por el contrario,  entre  las “doncellas de a catorce a quince años” y el don Quijote de cuando se tambalea el “efecto Dulcinea”, habría competencia: ambos personajes están en posición de objeto de deseo; ambos se juegan la vida –o la integridad del psiquismo-, a una sola carta, y, necesitando encontrar soluciones imaginativas, se cambian el nombre y se echan a los caminos, disfrazados de otra cosa distinta de lo que han sido hasta entonces, tratando de reestablecer la justicia y de sostener el valor de la palabra dada. No son, por tanto, figuras complementarias sino rivales  ocupando el mismo espacio y persiguiendo el mismo ideal. Así ya no nos resultará tan extraño el que don Quijote las viva como persecutorias, visto que, en respuesta al deseo y al amor, allí donde él retrocede, ellas dan un paso adelante.

No pretendo con esto presentar a un Cervantes feminista porque siempre se pueden encontrar en su obra citas que dejan traslucir los prejuicios sexistas de su época, pero sí creo que, parafraseando a Gustavo Martín Garzo, a Cervantes se le podría llamar “El amigo de las mujeres,” aunque también “El amigo de los locos” o “El valedor de los cautivos y los pícaros”.

En una sociedad regida por varones: nobles, cristianos viejos, hidalgos… etc., Cervantes fue un dudoso cristiano viejo, soldado estropeado “en la más alta ocasión que vieron los siglos pasados…” (II-Prólogo al lector), cautivo, pobre, padre de una hija ilegítima, separado de hecho de su mujer, y hermano de unas mujeres de dudosa reputación conocidas por “las Cervantas”… No fue un triunfador como lo fue Lope de Vega, sino, más bien, alguien interesado en los márgenes de la sociedad y en los del psiquismo; alguien interesado en el lenguaje y en la escritura  como medios de exploración de la vida y de los seres humanos;  alguien capaz de contemplar con mirada compasiva, es decir, capaz de dar por buena, la gran diversidad de las formas que las personas vamos inventando para poder vivir.

Mª José de la Viña Guzmán.
Octubre de 2019

 

 

[1] Lacan, J.; Seminario.Libro III. Las psicosis 1955-1956; Ed. Paidós, Barcelona, 1984. Pag.76.

[2] soledad, nostalgia. Según nos aclara Martín de Riquer en su edición de Don Quijote de la Mancha, RBA Editores, S.A., Barcelona, 1994. El resto de las notas  relativas al vocabulario tiene la misma procedencia.

[3] Galocha, gorra o birrete con dos puntas, que cubre las orejas.

[4] almalafa, vestidura que cubre el cuerpo de los hombros hasta los pies.

[5] L’effet de pousse-à-la- femme en Lacan.J. ; L’étourdit ; Autres écrits ; Ed. du Seuil ; Paris 2001.

[6] Huarte de San Juan, J.; Examen de ingenios para las ciencias; Edición de Felisa Fresco Otero; Colección Austral; Espasa Calpe; Madrid, 1991.

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