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Lenguaje vírico

Cristina Fontana ( Psicoanalista )

Reflexiones a partir de una intervención de Erik Porge en su seminario Con la mosca detrás de la oreja. (Martes 23 Febrero 2021)

En este seminario Erik Porge considera la epidemia del coronavirus como un momento de verdad en el sentido de que el saber analítico está puesto en cuestión, ante lo cual los analistas tendrían que poder decir algo. Desarrollará puntos tales como: la presencia del analista en la pandemia, el poder del lenguaje generalizado frente a la singularidad de cada caso, se preguntará ¿qué cuerpo para el psicoanálisis ? y volverá sobre la noción del súper-yo y su papel en los síntomas psicosomáticos.

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Todo el mundo habla del virus. Todo el mundo sabe del virus. El que no tiene un amigo médico, tiene un familiar biólogo o bien ha recibido un mensaje en su móvil que dice la última palabra sobre el virus. El discurso del virus invade las redes, los medios de comunicación, los WattsApps y las conversaciones. Queda muy poco espacio para pensar fuera de él, para que cada uno encuentre sus propios recursos con que hacer frente a esta difícil situación. Queda poca libertad fuera del virus.

Observamos cómo el lenguaje se ha ido transformando, convirtiéndose casi en una neolengua. Aparecen nuevas expresiones tales como « presencial » en lugar de « en presencia », « distancial » en lugar de « con distancia » y equívocos tales como distancia física que no es distancia social.

Liliana López en su intervención, Notas sobre cuerpo, presencia y teatro en 2020, cita a
Susan Sontag en El sida y sus metáforas quien ha descrito lo que denomina cierta militarización del discurso médico frente a las enfermedades. Las metáforas militares tiñen casi todos los aspectos. La enfermedad es vista como una invasión de organismos extraños ante la que el cuerpo responde con la movilización de las defensas inmunológicas; a los esfuerzos por reducir la mortalidad se los denomina “batalla”, guerra que tiene por objetivo la “derrota del enemigo ». Se ha hablado de lucha contra un enemigo invisible. « Estamos en guerra” anunció en su primer discurso sobre la pandemia el presidente Macron.

Discursos a menudo repletos de palabras imperativas y amenazantes, que si bien, pretenden informarnos y protegernos, logran efectos paradójicos, incluso contrarios a lo que se supone ser su objetivo. Más que advertir, aterran y antes que prevenir, paralizan.

Predisponen a la « servidumbre voluntaria » de La Boétie que Erik Porge retoma. La Boétie (1574) dio un giro a lo que habitualmente consideramos como tiranía y sumisión. Para él, la tiranía sería consecuencia de la servidumbre y no lo contrario, la servidumbre no remitiría siempre a un poder exterior que se ejerce contra el sujeto, sino que sería una consecuencia de la relación que el sujeto mantiene consigo mismo. Si lo trasladamos a lo que está pasando en estos días, constatamos que los discursos víricos no solo contagian sino que tienen a menudo como efecto desresponsabilizar, al dejarnos cada día más a merced de ellos.

Escuchamos cierto discurso que ensalza la omnipotencia de la Ciencia, en la que se deposita un saber absoluto. Saber general sobre nuestros cuerpos, nuestros síntomas, sobre nuestras palabras. Desconectado de este modo el cuerpo de la palabra del sujeto, éste se vuelve más vulnerable e indefenso.

Es el discurso de un « Otro que sabe » y que, desde fuera, aplasta la particularidad del decir del sujeto, debilitando la reflexión de cada uno y disminuyendo de esta manera el valor del juicio humano. Cuando ese saber falla y aparecen sus grietas -lógicamente- entonces nos sentimos engañados, manipulados cuando, de hecho, es nuestro propio sometimiento a ese Amo ilusorio del saber, que lo produce.

Muchos se refugian entonces en el miedo al otro, de ribetes persecutorios o en angustiosos encierros. Escuchamos en las consultas el desaliento, la impotencia, la anestesia del deseo, estados de pasividad o de entrega a lo que tenga que ser, aunque eso no llegue nunca…

En ciertas ocasiones, esto disfraza un problema de otro orden, un problema que no tiene que ver con un peligro exterior sino con un síntoma del sujeto: se justifican las agorafobias, ciertas inhibiciones,… de modo que el sujeto no puede hacerles frente, « se acomoda » en ellas hasta que pase el virus pero, cuando pase, emergerá de nuevo el síntoma.« Extraña tensión entre lo público y lo privado, no podemos salir, sin embargo la intimidad tampoco está preservada. El afuera no es el mismo, pero el adentro tampoco. (Notas sobre cuerpo, presencia y teatro en 2020.Pandemia. Liliana López, septiembre 2020)

Es el discurso del Amo el que domina, y ante él, o nos doblegamos o nos rebelamos como es el caso de los negacionistas. Es un discurso « totalitario » que deja a la persona atrapada en un lugar imposible, colocándolo en una contradicción interna difícil de resolver. Por un lado, consignas- al estilo del partido- que intentan reunir a las personas contra el virus, « todos juntos venceremos », pero que a la vez las separa: la prohibición de salir, de reencontrarse con otros, de trabajar en presencia, etc. El otro deviene peligroso y sospechoso, lo que tiene un efecto de disgregación social con aspectos discriminatorios y segregación identitaria. De este modo propicia la marginación, llegando en alguna ocasión al enfrentamiento o a la delación.

Erik Porge plantea que dicha disgregación sirve al súper- yo colectivo del que Lacan habla en el artículo «Introducción teórica a las funciones del psicoanálisis en criminología » (Los escritos 29/1950):
« Ninguna forma de súper- yo es inferible del individuo a una sociedad dada. Y el único súper-yo colectivo que se puede concebir exigiría una disgregación molecular integral de la Sociedad »

El super-yo colectivo es distinto del individual que es la entrada del significante en el cuerpo, la coalescencia del significante y el cuerpo. El súper- yo colectivo disocia al sujeto de los otros y enmascara al súper-yo individual.

Es un discurso placado desde fuera que suprime el dialogo de cada uno con su súper-yo. De esta manera logra la unificación de comportamientos de las personas en aras de « la efectividad » y « la obediencia » pero a la vez las desresponsabiliza.

¿Cuál será el efecto en el cuerpo del discurso que impera en estos momentos en torno al virus?
El discurso del Amo se apropia de las palabras y si, como decíamos anteriormente, desconecta la palabra del cuerpo del sujeto, entonces no permite a éste apropiarse de su propia enfermedad. ¿Cómo puede entonces hablar un paciente de su enfermedad, de sus miedos o de fantasmas? ¿Cómo puede responsabilizarse de las precauciones a tomar? ¿No puede esto agravar todavía más su estado?
Por humilde que pueda ser la labor de un psicoanalista en situaciones como estas, su tarea podría consistir en acompañar al sujeto a reencontrar sus propias palabras, a reapropiarse de su manera particular de decir para poder expresar lo que le ocurre y así poder situarse en este marasmo de discursos.

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